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Meditación periódica Imprimir
AMOR AL PROPIO TRABAJO
Todo cuanto hagáis hacedlo de corazón,
como hecho para el Señor...
(Col 3)
«Aquel hombre, hijo mío, que vino
a verme esta mañana –¿sabes?, el de la cazadora color de tierra– no es un hombre
honesto (...). Este hombre ejerce la profesión de caricaturista en un periódico
ilustrado. Esto le da de qué vivir; esto le ocupa las horas de la jornada. Y, sin
embargo, él habla siempre con asco de su oficio y me dice: “¡Si yo fuera pintor!
Pero me es indispensable dibujar estas tonterías para comer. ¡No mires los muñecos,
chico, no los mires! Comercio puro...”.
»Quiere decir que él cumple únicamente por la ganancia. Y que
ha dejado que su espíritu se vaya lejos de la labor que le ocupa las manos. Porque
él tiene su labor por muy vil. Pero dígote, hijo mío, que si la faena de mi amigo
es tan vil, si sus dibujos pueden ser llamados tonterías, la razón está justamente
en que él no metió allí su espíritu. Cuando el espíritu en ella reside, no hay faena
que no se vuelva noble y santa. Lo es la del caricaturista, como la del carpintero
y la del que recoge las basuras... Hay una manera de dibujar caricaturas, de trabajar
la madera..., que revela que en la actividad se ha puesto amor, cuidado de perfección
y armonía, y una pequeña chispa de fuego personal: eso que los artistas llaman estilo
propio y que no hay obra ni obrilla humana en que no pueda florecer. Manera de trabajar
que es la buena. La otra, la de menospreciar el oficio, teniéndolo por vil, en lugar
de redimirlo y secretamente transformarlo, es mala e inmoral.
»El visitante de la cazadora color de tierra es, pues, un hombre
inmoral, porque no ama su oficio»1.
La obra bien hecha es la que se lleva a cabo con amor. Esto vale
lo mismo para el pintor, para el jefe de producción de una editorial, para el médico,
para el escritor, para cualquiera. La chapuza, por el contrario, va de la
mano del desamor, de la indiferencia, de la tibieza. Muchos marchan cada día a su
quehacer como quien va a galeras, porque no tienen más remedio, porque no
pueden zafarse de esa obligación. No aman su oficio. Sin embargo, el hombre está
hecho para trabajar, del mismo modo que ha sido creado para amar y para respirar.
San Josemaría Escrivá predicó de muchas formas que la profesión,
el propio oficio, es la palestra, el lugar donde deben ejercitarse las virtudes
humanas, y camino de santificación personal y de corredención de la humanidad. En
el aspecto humano se trata de hacer una obra de arte de lo que tenemos entre manos,
sea del orden que sea; basta que se trate de un trabajo honrado. Es nuestra ofrenda
diaria a Dios Padre, que ha dejado la Creación para que la acaben y perfeccionen
sus hijos. Por eso trabajar bien debe ser un gozo, sea cual fuere el oficio.
El Papa Juan Pablo II, citando a un poeta de su tierra, decía
que el trabajo está «para que nos elevemos». Por el contrario, se puede comprobar
que una vida sumida en la pereza, en el desorden, en la improvisación, en la chapuza,
se corrompe.
Cuenta el mismo Juan Pablo II que cuando era joven, para evitar
la deportación a trabajos forzados en Alemania, en el otoño de 1940 comenzó a trabajar
como obrero en una cantera de piedra vinculada a la fábrica química Solvay. Estaba
situada en Zakrzówek, a casi media hora de su casa de Debniki, e iba andando hasta
allí cada día. En aquella cantera escribió una poesía. Releyéndola muchos años después,
la encontraba particularmente expresiva de aquella singular experiencia personal.
Termina con este verso:
entenderás conmigo que toda la grandeza
del trabajo bien hecho es grandeza del hombre...»2.
En una entrevista de Pilar Urbano a Narciso Yepes, confesaba este
magistral guitarrista:
—Cuando doy un concierto, sea en un gran teatro, sea en un auditórium
palaciego, o en un monasterio, o... tocando solo para el Papa, como hice una vez
en Roma ante Juan Pablo II, el instante más emotivo y más feliz para mí es ese momento
de silencio que se produce antes de empezar a tocar. Entonces sé que el público
y yo vamos a compartir una música, con todas sus emociones estéticas. Pero yo no
solo no busco el aplauso, sino que, cuando me lo dan, siempre me sorprende..., ¡se
me olvida que, al final del concierto, viene la ovación! Y le confesaré algo más:
casi siempre, para quien realmente toco es para Dios... He dicho «casi siempre»
porque hay veces en que, por mi culpa, en pleno concierto puedo distraerme. El público
no lo advierte. Pero Dios y yo, sí.
—Y... ¿a Dios le gusta su música? –preguntaba la entrevistadora.
—¡Le encanta! Más que mi música, lo que le gusta es que yo le
dedique mi atención, mi sensibilidad, mi esfuerzo, mi arte..., mi trabajo. Y, además,
ciertamente, tocar un instrumento lo mejor que uno sabe, y ser consciente de la
presencia de Dios, es una forma maravillosa de rezar, de orar. Lo tengo bien experimentado.
¡Qué gran cosa sería que, si alguna vez preguntáramos al Señor
si le gusta nuestro trabajo, pudiéramos oír esta dichosa respuesta: ¡Me encanta!
¡A Dios le encanta mi trabajo!
Eso debemos pretender. Hacer una pequeña obra de arte de lo que
tenemos entre manos. Una obra de arte que guste a Dios y, por tanto, a los demás.
Cfr. El día que cambié mi vida
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